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jueves, 19 de diciembre de 2013

RECORDANDO LOS DICIEMBRES

Yo diría que para el 70% de las personas sus navidades siempre fueron alegres, por lo menos es lo que percibo, recuerdos gratos de familias reunidas, barrios bulliciosos, el niño Dios, bengalas, triqui traque, jugar todo el día con los pelaos de la cuadra, esperar visita de los que vivían en otras ciudades, en mi caso siempre nos pasábamos el 24 de diciembre en mi casa en El Campito y llegaban nuestros tíos y primos y el 31 al revés en casa de mis primos los Medina Santander en La Victoria, nos reíamos mucho, comíamos mucho y disfrutábamos mucho.

Yo gracias a Dios puedo decir que no tengo muchos traumas de la niñez, pasé mi infancia sintiéndome amada, sin abundancia, pero con lo suficiente, feliz al lado de mis padres, mis hermanos y familiares.

Mis hermanos y yo pasábamos esperando que llegara diciembre para hacer miles de cosas, jugar sobre todo, sin temores, jugar en la calle, jugar con los amigos, el olor a ropa nueva, a juguetes nuevos, pero más que nada el tener muchas fechas especiales para compartir con la familia. Siempre me llega el recuerdo de mi mamá saliendo a comprar  el 24 de diciembre a las 9:00 de la noche, para completarnos los juguetes, no entendía por qué mi mamá salía a esa hora, cuando crecí me explicó que a esa hora los vendedores le bajaban el precio a los juguetes y ella hacía rendir la plata que mi papá le daba.

También recuerdo que cuando supe que no era el mismo Jesús el que bajaba del cielo en la noche a ponerme los regalos en mi cama, me volví experta curioseando cuanto escondite tenían mi papá y mi mamá para guardar los regalos de la vista de sus hijos para que siguieran siendo una sorpresa. Pero la felicidad mayor era despertar muy temprano el veinticinco de diciembre y sin abrir los ojos, sentir ese sonido del papel, del plástico, de lo que fuera en que estaban envueltos los juguetes, y los tanteaba con los pies, o con las manos y no quería abrir mis ojos imaginándolos, una sensación maravillosa!!

Víctor Hugo, el menor de mis hermanos varones, era fijo que dañaba los juguetes el mismo 25 de diciembre, es decir, al anochecer de ese día, sus juguetes estaban ya para reparación. Nandito, mi segundo hermano, los cuidaba más, y cogía unas rabias terribles si Víctor tomaba los de él porque seguro terminaban dañados. Jefferson, mi hermano mayor, se creía más importante  que sus hermanos menores, salía como un bólido a jugar con sus amigos y en casa quedábamos los tres menores, y mi mamá lidiando con nuestros juegos.

Mi papá acostumbraba tirarse en el piso con nosotros a jugar, pero también le ayudaba el piso frío al guayabo de los traguitos del día anterior, él hacía de caballo, de perro, de lo que nosotros quisiéramos, también podía ser Bruce Lee con mis hermanos y luchaba dejándose ganar, hacía unos ruidos de lo más divertidos cuando luchaba, como si le dolieran mucho los golpes de mis hermanos, o de pronto era que realmente le dolían.

Para nosotros en diciembre todos los días eran de fiesta, todos los días se podía acostar uno tarde, todos los días había cumpleaños, grados, y demás celebraciones, por eso añorábamos que llegara.

Fuimos creciendo y empezamos a incorporar a las novias, novios, luego esposos y esposas de todas los primos y las nuestras,  y comenzamos a compartir momentos con las familias de nuestros cónyuges y esos encuentros familiares empezaron a cambiar, ya no estábamos todos. Luego llegaron nuestros hijos y nos tocó a nosotros tratar de crear esa misma atmósfera que nuestros padres hicieron, para hacer de diciembre un mes especial.

Mis navidades siempre son alegres, extraño a muchas personas, pero eso no me aleja de disfrutar la plenitud de lo que vivo ahora, he entendido que cada momento trae sus bendiciones, disfruté mucho el pasado con mi familia paterna, y ahora lo disfruto con la familia que mi esposo y yo formamos. Quiero que mi hijo construya sus recuerdos memorables de este y todos los meses del año, que pueda contar y recordar cosas como yo lo hago.

Este es un buen tiempo para dar gracias por las cosas que hemos vivido, pero sobre todo para saber que cada tiempo Dios lo hizo hermoso y a veces no alcanzamos a entenderlo del todo.

lunes, 11 de noviembre de 2013

UN ARROZ CON COCO DE 50 MIL PESOS

Esta es la historia de un arroz con coco que empezó planeándose desde temprano, el coco costó 1.500 pesos, la libra de arroz, un poco más de mil pesos. Todo estaba listo, acostumbro sacar el agua del coco y luego colocarlo sobre fuego para desprender un poco la concha. Lo rompo contra un piso duro, saco la carne del coco y la rallo, luego sigo todos los demás pasos para hacer el arroz con coco.

Muy sabia yo, muy creativa, muy inteligente, se me ocurrió romper el coco no contra un piso duro, sino contra el lavadero (debo decir que es de granito fundido) así que me dije: "servirá para partirlo", lo vi muy fuerte para reventar el coco, lo que nunca pensé por supuesto, es que el lavadero tenía su parte débil; la llave de agua, la tubería que la soportaba, así que el cocazo partió el tubo y el chorro de agua me bañó por completo, bañó toda la cocina, mojó el tarro de basuras que estaba cerca, mojó las escobas que tenía a su lado y por supuesto mojó mis ganas de preparar arroz con coco.

Grité como loca para que alguien me ayudara, salieron Luisa y Santy (mis dos hijos) y al verme, corrieron a cerrar la llave de entrada de agua al apartamento. Quedé pensativa... no tenía a quien echarle la culpa, la gran idea había sido de mi autoría, así que pensé y pensé y le pedí a Luisa que llamara a un plomero para arreglar la situación.

Después de esperar 45 minutos, llegó Tomás (el plomero), y en un abrir y cerrar de ojos arregló la tubería, puso una nueva y todo volvió a funcionar, el arreglo costó 50 mil pesos. Así que de 2.700 pesos que me podía costar hacer ese maravilloso arroz con coco, terminé pagando 50.000 pesos por la idea.

Me quedé sentada pensando en cuantas cosas deseamos hacer con las mejores intenciones, cuántas cosas vemos fuertes y resistentes y realmente esconden también un lado sensible y suave que puede ser quebrado si no lo sabemos manejar.

Cuántas veces hacemos mucho daño porque no vemos más allá, no somos capaces de observar el pequeño detalle que puede sorprendernos y causar estragos. En la familia, esa persona que no dice nada pero que va alejándose cada vez más, en la empresa ese empleado que ha callado su cansancio e inconformidad y su sentido de pertenencia va desintegrándose.

Miramos el todo sin los detalles, miramos las fortalezas y nos olvidamos de sopesar el panorama que nos podría resultar de las debilidades. Las decisiones personales, empresariales, todas ellas nos plantean un causa - efecto y se requiere sabiduría, mirar todas las posibilidades y escuchar a varias mentes para ver más allá de lo que estamos viendo.

Todo esto surgió de un coco reventando una tubería de agua!.